jueves, 3 de mayo de 2012

Hoppé, explorador formal


Hoppé, explorador formal

Por:  01 de mayo de 2012

Geroge Burchett tatuando la españda de una mujer, Londres 1931. Foto de E. O. Hoppé

Por Alberto Martín
El enorme prestigio y difusión que tuvo en su tiempo el trabajo fotográfico de Emil Otto Hoppé (Munich, 1878 – Londres, 1972), que firmaba públicamente sus trabajos como E. O. Hoppé, no se corresponde en absoluto con el lugar que ocupa en las historias de la fotografía, donde apenas se encuentra alguna mención a su figura o su obra. No cabe duda que la extensa exposición que ahora se le dedica en la Fundación Mapfre, procedente de laNational Portrait Gallery de Londres, es una interesante iniciativa que ayudará a subsanar esa carencia, permitiendo además acercarse a la trayectoria de un autor que ejemplifica perfectamente algunas cuestiones relativas a la importante transformación del medio fotográfico durante el primer tercio del siglo XX.

Hoppe autorretratoHoppé (a la derecha, un autorretrato de 1910) se inicia en la fotografía en 1903, poco después de su llegada a Londres, ciudad en la que se instala definitivamente y donde abre su primer estudio fotográfico en 1907. Muy pronto consigue una gran reputación como retratista, debida sobre todo a sus retratos de personajes célebres: escritores, políticos, artistas, actrices, actores, bailarines. La exposición aborda con generosidad esta faceta, mostrando un numeroso grupo de retratos realizados preferentemente durante los años diez y veinte del pasado siglo. La lista de "famosos" es extensa: Henry James, Rudyard Kipling, Somerset Maugham, Conan Doyle, Marinetti, Thomas Hardy, Nijinsky, Vita Sackville- West, Ezra Pound, Rabindranath Tagore, Lilian Gish, Einstein, Mussolini, Gluck, Fritz Lang o George-Bernard Shaw entre otros muchos. Paralelamente, y siguiendo tanto una tendencia como un cierto gusto extendido en la época, se dedicó también a fotografiar tipos populares, personajes anónimos capaces de representar o sintetizar una determinada condición social, una ocupación, una raza, un estereotipo o una determinada situación de marginalidad. Concentrándose preferentemente en la cabeza o en el rostro de los personajes, generó una extensa serie de retratos caracterizados por un manifiesto interés hacia la fisiognomía, hacia la correspondencia entre aspecto físico y carácter o personalidad.
Tumblr_lxvaz8BZfT1qdpxqeo1_500Ese mismo interés llevo a Hoppé a profundizar especialmente en el estudio del arquetipo o arquetipos de belleza femenina, reuniendo en el libro The Book of Fair Women(1922) una selección de sus retratos fotográficos de mujeres (en la foto de la izquierda Anne May Wong, 1926). Tanto esta línea de trabajo sobre la belleza, como su interés por los tipos sociales, están bien presentes en la selección de trabajos que se ha realizado para la exposición. El auge de las revistas ilustradas y el desarrollo de un incipiente fotoperiodismo que alimentaba dichas publicaciones, ofrecen a Hoppé un nuevo campo de trabajo, que será especialmente intenso para él en los años treinta. Dichas colaboraciones fotoperiodísticas, centradas en diversos aspectos de la vida cotidiana (trabajo, ocio, educación), así como en oficios y personajes caracterizados por su singularidad o excentricidad, completan la selección de imágenes reunidas para esta muestra. Hoppé desarrolló también una abundante producción centrada en la fotografía industrial y paisajística, realizando para ello múltiples viajes a diversos continentes. Sin embargo, esta importante parte de su obra, que dio lugar en su momento a un buen número de publicaciones, y en la que se puede percibir con mayor claridad que en el resto de sus trabajos una cierta inquietud y capacidad de evolución formal, no está representada en la exposición. De hecho, si por algo es interesante la trayectoria de Hoppé, es por ejemplificar perfectamente ese intenso momento de cambio que a lo largo del primer tercio del siglo XX lleva a una completa renovación del lenguaje fotográfico.
Hoppe policiaE-O-HO~1Su obra se sitúa todavía entre una estética pictorialista de la que no termina de desprenderse, especialmente en sus retratos de estudio, y la asunción de alguna de las vías de la fotografía modernista, sin optar claramente por una u otra. Le interesa en cierta manera la tipología y la serie, pero sin llegar a un desarrollo formal completo, del mismo modo que busca un lenguaje documental en sus trabajos de calle, sin llegar a definirse ( a la izquierda, Bebeindo té en la cantina de los autobuseros, Londres 1936). En ocasiones despliega un cierto enfoque etnográfico, como en su propuesta sobre el arquetipo de la belleza o en su “estudio de etnografía en las aceras de Londres”, pero sin ser demasiado riguroso y sistemático en su aproximación. E incluso en sus propuestas de fotografía industrial llegó a acercarse a los parámetros de la Nueva Objetividad. Quizás sea precisamente esa “inestabilidad” formal, a caballo entre diferentes lenguajes, la que haya contribuido a restar presencia a su figura en la historia de la fotografía (en la foto de la izquierda, abajo, retrato del artista Tomasso Filippo Marinetti, 1912). Por otra parte, su figura y su obra, son también un claro exponente, casi un verdadero muestrario, de las vías de comercialización que exploraba y encontraba la fotografía durante las primeras décadas del siglo XX: retrato de estudio, encargos de prensa, venta de fotografías, venta de derechos de reproducción, libros, fotografía de viajes, etc. Hoppé exploró casi todas las opciones que ofrecía el mercado de la fotografía en su tiempo, del mismo modo que experimentó, sin llegar a decantarse, múltiples estéticas. Esta exposición es una excelente ocasión para aproximarse a un interesante y poco conocido eslabón en la transformación del medio fotográfico.
E. O. Hoppé. El estudio y la calle. Fundación Mapfre. Avenida General Perón, 40. Madrid. Hasta el 20 de mayo.

"Noli me tangere"


LA CUARTA PÁGINA

"Noli me tangere"

La novela de José Rizal, de 1887, fue condenada de inmediato al ostracismo en razón de su “carácter herético” y su “filibusterismo” por las autoridades religiosas y militares de Filipinas

¿Quién conoce en España a José Rizal? La extendida ignorancia de lo escrito en nuestra lengua en Iberoamérica a lo largo del siglo XIX abarca también, y se acentúa, en lo que concierne a las remotas y olvidadas Filipinas. Si, a diferencia de la otra orilla del Atlántico solo los especialistas en el tema han calado en la obra de Humbold, Andrés Bello, Sarmiento, Martí e incluso, más cerca de nosotros, José Vasconcelos, la espesa nube que oculta su labor al lector español se adensa aún en torno a Noli me tangere, la novela de Rizal, impresa en Berlín a cuenta de autor en 1887 y condenada de inmediato al ostracismo en razón de su “carácter herético” y su “filibusterismo” por las autoridades religiosas y militares del Archipiélago.
Gracias a su biógrafo Rafael Palma y el prologuista de la novela Leopoldo Zea sabemos que Rizal, un tagalo hispanizado que manejaba la lengua de Cervantes con la misma inteligencia y soltura que el Inca Garcilaso, nació en Calamba en 1861. Autodidacta primero, como un puñado de indígenas de la ex colonia española -los frailes les adoctrinaban en su idioma, pero habían prohibido la enseñanza del nuestro so pretexto de que no se contaminaran con ideas nocivas y perdieran sus preciosas almitas-, cursó luego estudios de medicina y filosofía en Madrid, París y Heidelberg. De la excelencia de su formación dan muestra sus vastos conocimientos en francés, inglés y alemán, así como su lectura de corrido en latín. Escritor, pintor, médico, oftalmólogo (curó de la ceguera a su propia madre), poseía en suma una cultura muy superior a la de sus colegas españoles de la época. Su ideario nacionalista, forjado por la experiencia de la opresión colonial de las islas, excluía no obstante el recurso a la violencia. Fundador primero de la revista La Solidaridad y luego de La Liga Filipina, sus publicaciones provocaron en España un rechazo y ostracismo similares a las que ocho décadas antes sufrió Blanco White.
Rizal se servía de la lengua del conquistador para denunciar los abusos de la colonización
El futuro de las islas le preocupaba con razón. Conocía por experiencia la precariedad del dominio español y las apetencias que suscitaba el Archipiélago entre las grandes potencias europeas y el emergente poder norteamericano. ¿Qué será de las Filipinas dentro de cien años?, es el título de uno de sus ensayos compuesto durante su larga estancia en el Viejo continente. Como muchos escritores hindúes, árabes y africanos del siglo que dejamos atrás, Rizal se servía de la lengua del conquistador para denunciar las injusticias y abusos de la colonización. De esta contradicción insoluble entre el amor a una lengua y cultura que asumía como propias y la indignación ante los atropellos cometidos contra sus hermanos indígenas brota, como un géyser, la fuerza de su escritura. Las burlas y el desprecio por parte de los frailes y guardias civiles a los tagalos que se expresaban en español no eran solo indignas de su proclamada misión redentora sino que actuaban a muy corto plazo contra los intereses de España. Sus temores, como sabemos, se convirtieron en realidad. Hundida en unas horas la flota española amarrada en Manila y expulsada la administración del decrépito poder colonial por los invasores estadounidenses, éstos impusieron el inglés a los nativos y el español pasó en unos pocos años a la triste condición de lengua extinta (únicamente subsistió el chabacano, un híbrido de castellano y tagalo sin expresión literaria alguna). Las amargas reflexiones de Rizal sobre su inútil empeño por asumir un idioma abocado a desaparecer de las Filipinas (“¿Para comprender los insultos y amenazas de los guardias civiles?”, escribió. “Para eso no hay necesidad de saber español, basta comprender el lenguaje de los culatazos”) se cumplieron puntualmente. Diez años después de su muerte, la inmensa mayoría de sus compatriotas no podía entender la obra de su primer escritor.
Movido por la nostalgia, el autor de Noli me tangere regresó a Filipinas en 1892. Acusado de simpatías independentistas, fue desterrado de Manila por orden del Capitán General y sufrió cuatro años de estricto confinamiento. Pese a la injusticia de que era objeto, rehusó encabezar el movimiento revolucionario que se gestaba entre la población indígena. Su instrumento de lucha era la pluma, no el recurso a las armas. En 1896 aceptó ser enviado como médico al Cuerpo Sanitario que combatía los estragos del cólera en los desdichados reclutas enviados a luchar como carne de cañón contra los insurgentes cubanos. Durante la larga travesía de Manila a España, al producirse la previsible insurrección del Archipiélago, fue detenido a bordo y encerrado en el castillo de Montjüic a su llegada a Barcelona. De allí fue devuelto a su tierra nativa y condenado a muerte por un tribunal militar en cuanto “alma viva de la insurrección” y “traidor a España”. El 30 de diciembre Rizal fue fusilado por sentencia del Consejo de Guerra en medio de insultos al felón y vítores a la Madre Patria. Como había escrito unos años antes, “solo se muere una vez y si no se muere bien, se pierde una ocasión que ya no se presentará una vez más”.
Celebrado como un héroe, es un perfecto desconocido en la península
Novela comprometida, diríamos hoy, por su clara denuncia de la opresión, sería muy injusto no obstante encasillar a Noli me tangere en tan reductivo apartado. Rizal muestra un buen conocimiento de las técnicas narrativas que lo distingue de los panfletarios al uso. Los personajes de Ibarra -un alter ego del autor-, del capitán Taigo o de la supersticiosa o desdichada Sisa, no desmerecen de los trazados por Galdós. La pintura de la corrupción reinante, crueldad de la guardia civil, incompetencia de la administración e indolencia de sus asalariados (“todo un mundo de parásitos, moscas o colados que Dios creó en su infinita bondad y tan cariñosamente multiplica en Manila”) son tratados con incisivo humor. Su ironía sobre la piedad crédula de sus compatriotas, menos preocupados por el Altísimo que por su cortejo de santos y santas (Dios para ellos, dice, es “como esos pobres reyes que se rodean de favoritos y favoritas, y el pueblo solo hace la corte a éstos”), y acerca de la explotación de los milagros de una cohorte de Vírgenes gracias a los cuales, los curas, ya bien forrados, se van a América y allí se casan, hubieran inflamado la santa ira de Menéndez Pelayo. El novelista capta con buen oído las conversaciones anodinas de quienes viven de las migajas del poder colonial; describe con fineza las fiestas en las que “los jóvenes abrían la boca para contener un bostezo pero la tapaban al instante con sus abanicos”; reproduce las hilarantes disquisiciones sobre el Purgatorio y los años que ahorraban a quienes allí se tuestan el simple pago de unas monedas y el rezo de un Ave María.
El manejo de algunas técnicas novelescas heredadas de Cervantes aliña con gracia el chato realismo decimonónico. Rizal se dirige a veces al lector -”¡oh tú que me lees, amigo o enemigo!”- e introduce elementos discursivos que parecen inspirados por Diderot o Sterne. Celebrado como un héroe, pero no como un escritor por quienes sacrificó la vida es, como dije, un perfecto desconocido en la península. La cuidadosa edición de la excelente Biblioteca Ayacucho venezolana de la que pude procurarme un ejemplar en mi reciente viaje a Caracas debería ser republicada en España como homenaje a un autor despiadadamente barrido a los márgenes de nuestro intangible canon, pero vivo y bien vivo, como advirtió Unamuno, y podrá verificar hoy quien se asome venturosamente a sus páginas.
Juan Goytisolo es escritor.

Los «indignados» del 2 de mayo de 1808


HEMEROTECA / LEVANTAMIENTO DEL 2 DE MAYO

Los «indignados» del 2 de mayo de 1808

A las 7 de la mañana, Madrid despertó a gritos de «¡traición! Nos han llevado al Rey» en el Palacio Real. «En todos los barrios se asesinaban a los franceses que veían solos», contaba la prensa. Así vivió la capital el histórico levantamiento popular

ABC - Día 02/05/2012 - 16.57h
Los «indignados» del 2 de mayo de 1808
JOAQUÍN SOROLLA
El 24 de marzo de 1808, Fernando VII hacía su entrada en Madrid por la Puerta de Atocha, aclamado por su pueblo. «Parecía un día de junio», en el que «la naturaleza sonreía como la Nación», aseguraba Benito Perez Galdós en sus «Episodios Nacionales». Pero no era todo tan bonito como parecía. Mientras el pueblo celebraba la llegada de su nuevo Rey, el cuñado de Napoleón y lugarteniente en España, el general Murat, se había apostado ya en Chamartín. Dos semanas después, los madrileños grabarían a sangre y fuego uno de los episodios más importantes de la historia reciente de España: el levantamiento del 2 de mayo.
Los «indignados» del 2 de mayo de 1808
DIARIO DE MADRID
Edición del 5 de mayo de 1808, donde se cuentan los hechos
Ese mismo día Murat ocupó la ciudad entera, con el beneplácito de un Carlos IV, a quien la situación le había sobrepasado después delMotín de Aranjuez en el que fue obligado a ceder el trono a su hijo, Fernando VII : «Señor, mi Hermano: Me he visto forzado a abdicar -escribía a Napoleón, quien con estas palabras iba ejecutando a la perfección su plan de hacerse con la Corona española-, pero animado hoy por la plena confianza que abrigo en el genio y la magnanimidad de un gran hombre que siempre se ha declarado amigo mío, me pongo absolutamente en sus manos para que disponga como quiera de nosotros, de mi suerte, de la de la Reina y de la del Príncipe de la Paz (Godoy)».
Desde entonces, las calles se mantenían tranquilas gracias a la presencia de los soldados franceses, que paseaban a sus anchas por la capital, sin que los madrileños, «embriagados por el entusiasmo» de la llegada de Fernando VII, se hubieran percatado del desdén con que los nuevos dueños trataban al joven Monarca y su gobierno. «No habían hecho la más mínima demostración de cortesía», recordaba después, indignado,Mesonero Romanos.

«¡Cuánto gasto para un gabacho!»

El sentimiento de repudio hacía los franceses se extendió entonces como la pólvora. Durante el pomposo funeral que se celebró en Madrid en memoria de Luis XIV, por ejemplo, se profirieron insultos del calibre de «¡cuánto gasto para un gabacho!». Y Fray Vicente Martínez Colomer, testigo de la época, contaba como los soldados franceses, «apenas introducidos en Madrid, comenzaron a tomar cierto aire de imperio y señorío, como si fueran soberanos de la Corte». Y eso que Napoleón aún no había terminado de finiquitar oscuros sus planes y la Corona aún era propiedad del joven Rey Fernando, sin duda, el favorito del pueblo.
Los «indignados» del 2 de mayo de 1808
SOROLLA
Representación de aquel 2 de mayo
Pero las autoridades tomaban medidas para controlar la situación,prohibiendo los corrillos de gente, cerrando las tabernas a las ocho de la tarde u obligando a los dueños de las fábricas a informar de los oficiales y aprendices que faltasen al trabajo. Madrid era ya una ciudad tomada.
En este clima de tensión e indignación por el desdén mostrado por los franceses en casa ajena se despertaron los madrileños el 2 de mayo de 1808. Aunque era imposible imaginarse un par de días antes que Madrid fuera a teñirse de la sangre de soldados, civiles, mujeres, niños y eclesiásticos, en aquella mañana de primavera.

El 2 de mayo, a las 7 de la mañana…

A las siete, muy temprano, dos carruajes se aproximaron a la Puerta del Príncipe del Palacio Real. Y a eso de la 8:30, en el primero de ellos se introdujeron, a la vista de los transeúntes, laInfanta María Luisa y el ministro de Guerra, Gonzalo O'Farril, entre otros.
Los «indignados» del 2 de mayo de 1808
GOYA
Fusilamientos del 2 de mayo
El segundo coche estaba esperando cuando un ciudadano, tras hacer sus indagaciones entre los cocheros sobre la extraña comitiva, se subió al balcón del Palacio a gritar: «¡Traición! ¡Traición! Nos han llevado al Rey y se nos quieren llevar a todas las personas reales. ¡Mueran los franceses!». Al primer sobresalto le siguió el de otro intrépido que arengó a la gente que se estaba arremolinando por el alboroto: «¡Vasallos, a las armas! ¡Qué se llevan al Infante!», vociferó.
Según testimonios de la época, unos 80 enfervorecidos, descontentos con la nueva situación que atravesaba España, se lanzaron hacia los aposentos del Infante don Francisco de Paula, al que incluso aseguran que llegaron a ver. Pero para cuando se quisieron dar cuenta, el ayudante de campo del general Murat, Auguste Lagrange, apareció con 20 soldados fuertemente armados para poner fin a aquel desmán. Comenzaba la batalla… convertida pronto en una sangrienta lucha callejera que marcaría a la ciudad para siempre.

Primeras víctimas

Rápidamente apareció en el Palacio Real un batallón de Granaderos de la Guardia Imperial, que saludó a golpe de metralla, produciendo las primeras víctimas civiles. «No se oían más voces que ¡armas, armas, armas! –contaba Galdós–. Los que no vociferaban en las calles, vociferaban en los balcones, y si un momento antes la mitad de los madrileños eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería todos fueron actores».
Los «indignados» del 2 de mayo de 1808
El general Murat
Los días posteriores el «Diario de Madrid», controlado por el invasor, contaba el incidente con expresiones como «la población de Madrid se ha sublevado y ha llegado hasta el asesinato» o «en todos los barrios de Madrid asesinaban a los franceses que encontraban solos», asegurando que los miembros de la Familia Real salían de Palacio no forzados, sino llamados por su padre Carlos IV. La fuentes oficiales intentaban ocultar el verdadero fin de aquel viaje furtivo y forzado por Napoleón hacia Bayona, que era la abdicación de la Corona de Fernando VII a su hermano mayor, José Bonaparte, como ocurrió tres días después.
Durante la mañana, las encarnizadas batallas entre el pueblo de Madrid y los franceses se desarrollaron en el entorno del Palacio Real, además de en otros escenarios del centro como laPuerta de Toledo, la Puerta del Sol, el Paseo del Prado y, principalmente, el parque de Artillería de Monteleón.

30.000 hombres bien armados

Según el testimonio recogido de José Albarán, el médico de la familia real, «desde las diez de la mañana a las dos de la tarde, Madrid quedó militarmente ocupado por una fuerza de 30.000 hombres bien armados, bien provistos de municiones y diestramente distribuidos bajo un plan completamente militar».
Los «indignados» del 2 de mayo de 1808
ABC
Batalla contra los franceses en Madrid
Aunque la espontaneidad de la acción popular jugó un papel capital, hay testimonios posteriores que aseguraban que el ministro de Guerra ya había planificado un plan de acción para expulsar a aquellos franceses que amenazaban la soberanía española. El mismo «Diario de Madrid», en boca del general jefe del Estado Mayor francés, Agustín Belliard, se refería en estos términos a tal conspiración: «Con repetidos informes me avisaban de los esfuerzos de los mal intencionados, pero todavía ponía todo mi conato en persuadirme a que nadie turbaría el público sosiego».
Aquel día, germen de la Guerra de la Independencia y de la primera Constitución de la historia de España, se saldó con 410 muertos –entre los que había 57 mujeres, 13 niños y tres curas–, además de 171 heridos. «Los primeros mártires de la libertad nacional», los calificó un decreto de las Cortes del 2 de mayo 1811, «deseando que mientras haya en los dos mundos un sola aldea de españoles libres, resuenen en ella los cánticos de gratitud y compasión que se deben a los primeros mártires de la libertad nacional».