El 24 de marzo de 1808,
Fernando VII hacía su entrada en Madrid por la Puerta de Atocha, aclamado por su pueblo. «Parecía un día de junio», en el que «la naturaleza sonreía como la Nación», aseguraba
Benito Perez Galdós en sus «
Episodios Nacionales». Pero no era todo tan bonito como parecía. Mientras el pueblo celebraba la llegada de su nuevo Rey, el cuñado de Napoleón y lugarteniente en España, el
general Murat, se había apostado ya en Chamartín. Dos semanas después, los madrileños grabarían a sangre y fuego uno de los episodios más importantes de la historia reciente de España: el levantamiento del 2 de mayo.
Edición del 5 de mayo de 1808, donde se cuentan los hechos
Ese mismo día Murat ocupó la ciudad entera, con el beneplácito de un
Carlos IV, a quien la situación le había sobrepasado después del
Motín de Aranjuez en el que fue obligado a ceder el trono a su hijo, Fernando VII : «Señor, mi Hermano: Me he visto forzado a abdicar -escribía a Napoleón, quien con estas palabras iba ejecutando a la perfección su plan de hacerse con la Corona española-, pero animado hoy por la plena confianza que abrigo en el genio y la magnanimidad de un gran hombre que siempre se ha declarado amigo mío, me pongo absolutamente en sus manos para que disponga como quiera de nosotros, de mi suerte, de la de la Reina y de la del Príncipe de la Paz (Godoy)».
Desde entonces, las calles se mantenían tranquilas gracias a la presencia de los soldados franceses, que paseaban a sus anchas por la capital, sin que los madrileños, «embriagados por el entusiasmo» de
la llegada de Fernando VII, se hubieran percatado del desdén con que los nuevos dueños trataban al joven Monarca y su gobierno. «No habían hecho la más mínima demostración de cortesía», recordaba después, indignado,
Mesonero Romanos.
«¡Cuánto gasto para un gabacho!»
El sentimiento de repudio hacía los franceses se extendió entonces como la pólvora. Durante el pomposo funeral que se celebró en Madrid en memoria de Luis XIV, por ejemplo, se profirieron insultos del calibre de «¡cuánto gasto para un gabacho!». Y Fray Vicente Martínez Colomer, testigo de la época, contaba como los soldados franceses, «apenas introducidos en Madrid, comenzaron a tomar cierto aire de imperio y señorío, como si fueran soberanos de la Corte». Y eso que Napoleón aún no había terminado de finiquitar oscuros sus planes y la Corona aún era propiedad del joven Rey Fernando, sin duda, el favorito del pueblo.
Representación de aquel 2 de mayo
Pero las autoridades tomaban medidas para controlar la situación,prohibiendo los corrillos de gente, cerrando las tabernas a las ocho de la tarde u obligando a los dueños de las fábricas a informar de los oficiales y aprendices que faltasen al trabajo. Madrid era ya una ciudad tomada.
En este clima de tensión e indignación por el desdén mostrado por los franceses en casa ajena se despertaron los madrileños el 2 de mayo de 1808. Aunque era imposible imaginarse un par de días antes que Madrid fuera a teñirse de la sangre de soldados, civiles, mujeres, niños y eclesiásticos, en aquella mañana de primavera.
El 2 de mayo, a las 7 de la mañana…
A las siete, muy temprano, dos carruajes se aproximaron a la Puerta del Príncipe del
Palacio Real. Y a eso de la 8:30, en el primero de ellos se introdujeron, a la vista de los transeúntes, la
Infanta María Luisa y el ministro de Guerra,
Gonzalo O'Farril, entre otros.
Fusilamientos del 2 de mayo
El segundo coche estaba esperando cuando un ciudadano, tras hacer sus indagaciones entre los cocheros sobre la extraña comitiva, se subió al balcón del Palacio a gritar: «¡Traición! ¡Traición! Nos han llevado al Rey y se nos quieren llevar a todas las personas reales. ¡Mueran los franceses!». Al primer sobresalto le siguió el de otro intrépido que arengó a la gente que se estaba arremolinando por el alboroto: «¡Vasallos, a las armas! ¡Qué se llevan al Infante!», vociferó.
Según testimonios de la época, unos 80 enfervorecidos, descontentos con la nueva situación que atravesaba España, se lanzaron hacia los aposentos del
Infante don Francisco de Paula, al que incluso aseguran que llegaron a ver. Pero para cuando se quisieron dar cuenta, el ayudante de campo del general Murat,
Auguste Lagrange, apareció con 20 soldados fuertemente armados para poner fin a aquel desmán. Comenzaba la batalla… convertida pronto en
una sangrienta lucha callejera que marcaría a la ciudad para siempre.
Primeras víctimas
Rápidamente apareció en el Palacio Real un batallón de Granaderos de la Guardia Imperial, que saludó a golpe de metralla, produciendo las primeras víctimas civiles. «No se oían más voces que ¡armas, armas, armas! –contaba Galdós–. Los que no vociferaban en las calles, vociferaban en los balcones, y si un momento antes la mitad de los madrileños eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería todos fueron actores».
El general Murat
Los días posteriores
el «Diario de Madrid», controlado por el invasor, contaba el incidente con expresiones como «la población de Madrid se ha sublevado y ha llegado hasta el asesinato» o «en todos los barrios de Madrid asesinaban a los franceses que encontraban solos», asegurando que los miembros de la Familia Real salían de Palacio no forzados, sino llamados por su padre
Carlos IV. La fuentes oficiales intentaban ocultar el verdadero fin de aquel viaje furtivo y forzado por Napoleón hacia Bayona, que era la
abdicación de la Corona de Fernando VII a su hermano mayor,
José Bonaparte, como ocurrió tres días después.
Durante la mañana, las encarnizadas batallas entre el pueblo de Madrid y los franceses se desarrollaron en el entorno del
Palacio Real, además de en otros escenarios del centro como la
Puerta de Toledo, la
Puerta del Sol, el
Paseo del Prado y, principalmente, el
parque de Artillería de Monteleón.
30.000 hombres bien armados
Según el testimonio recogido de José Albarán, el médico de la familia real, «desde las diez de la mañana a las dos de la tarde, Madrid quedó militarmente ocupado por una fuerza de 30.000 hombres bien armados, bien provistos de municiones y diestramente distribuidos bajo un plan completamente militar».
Batalla contra los franceses en Madrid
Aunque la espontaneidad de la acción popular jugó un papel capital, hay testimonios posteriores que aseguraban que el ministro de Guerra ya había planificado un plan de acción para expulsar a aquellos franceses que amenazaban la soberanía española. El mismo «
Diario de Madrid», en boca del general jefe del Estado Mayor francés,
Agustín Belliard, se refería en estos términos a tal conspiración: «Con repetidos informes me avisaban de los esfuerzos de los mal intencionados, pero todavía ponía todo mi conato en persuadirme a que nadie turbaría el público sosiego».